Maji nació en Mongolia Interior. Su nombre significa "caballo volador". Maji estudia ruso, pero trabaja también como guía turístico porque sabe hablar inglés. La disciplina de Maji parece lejana a su dulzura y a su aparente ingenuidad. Es un chino han. Amarillo, de pelo puntudo y negro y de un tamaño que nos obliga a buscar la bandera de China que lleva, porque se nos pierde entre los demás chinos, apenas un poco más altos que él, pero tantos, y entre los turistas.
Maji programa nuestros días casi maternalmente. Mira el tiempo en su teléfono celular y dirige nuestros itinerarios contando cabezas, verificando que no se le pierda nadie. Entre los tumultos que atravezamos Maji pelea silencioso con nuestra indisciplina, y aprende a disfrutar el caos que traemos puesto de nacimiento.
El mundo está compuesto por cinco elementos:
Oro
Agua
Fuego
Madera
y Tierra.
Las nubes y el suelo y las dinastías imperiales respetaron por milenios esta división elemental. El color del oro es el amarillo. Por eso los techos del palacio y de los templos en la Ciudad Prohibida son amarillos. Por eso sólo el emperador podía usar ropa de este color. El mundo estuvo compuesto por cinco elementos. Contrarios, complementarios. Capaces de hablar sobre el orden, la disposición adecuada de cada cosa en el cosmos.
Caminamos con Maji por la Ciudad Imperial pensando - inevitablemente - en el set cinematográfico. Tan distinto en las imágenes de "El último emperador" de esos tapetes roídos y esos budas polvorientos con que nos encontrábamos ahora, abandonados de cualquier devoción y devorados por su rol de capricho turístico. Todo tuvo su orden de metrónomo. Oro, fuego, agua. Y es curioso, y de cierta forma natural, que la nostalgia por ese orden aparece aquí, en parte, gracias al cine, gracias a fotolitos afortunados que nos traen la fachada soñada de un universo completo, impuesto, tal como cierto día lo erigieron los dioses, tal como lo dispuso el emperador de cada dinastía, así, porque así es. Un mundo que imaginamos sin interrogaciones, sin titubeos. Algo queda - mucho, tal vez - en los muros que se extienden bajo el dedo de Maji que señala y explica. Algo de esa sensación temerosa y tranquila del orden establecido e impuesto, algo de esa sensación al tiempo vertiginosa y apacible.
Beijing tiene cerca de 16 millones de habitantes. Eso, según el Lonely Planet, que no podría nunca estar actualizado sobre China porque la China cambia significativamente todo el tiempo. Pero si fueran 16 millones, se trata de una cantidad que uno no sabe calcular. Uno no sabe qué significa ese gentío en ninguna medida. Ni en tiempo, ni en espacio, ni en el ritmo con que la ciudad funciona.
Mi imaginación se encontró muy bien con las estructuras con que se soporta semejante población. Tienen sentido los megaestadios, las avenidas en los barrios, los pisos 48, 72, 26. Tiene sentido el tamaño de la plaza de Tian'an Men. Tienen sentido la contaminación y el desenfado generalizado de las costumbres. También en este gentío tienen sentido ciertas esquinas del comunismo. Especialmente una, prima de la falta de propiedad privada, que se siente en la falta de privacidad, al menos en los espacios públicos: las puertas abiertas de las letrinas, en donde las mujeres hacen mil cosas y charlan al tiempo, la gente que fuma en los mercados, el caos del tráfico con sus bicicletas suicidas.
Lo que no parece encajar es, precisamente, la noción del orden, de la gobernabilidad, que funciona, claro, pero de alguna manera misteriosa y quizá oscura. En este lugar manda el Partido; y lo que el Partido decide se hace. Eso es lo que dice Maji, que es capaz de fumar en un hospital, pero que no entiende por qué no lo seguimos ordenadamente en nuestras visitas. Cuando fuimos con él a la plaza de Tian'an Men tuvimos tiempo para observar más de cerca sus opiniones sobre nosotros, y para hacerle las preguntas del recién desempacado. Maji se reía y nos hablaba de cómo no entendía nuestra falta de orden y lo voluntariosos que eramos. (Valga agregar que lidiaba con un grupo de 20 - personas, o colombianos, para el caso...- y mientras explicaba no se qué sobre no se cuál emperador, cada uno se las veía con su propia urgencia de sacar una foto, hacer un comentario, ir a ver eso tan raro que está allá). Pobre Maji. Luego nos explicó que en la bandera china la estrella grande es el Partido, y las cuatro estrellas menores son los obreros, los negociantes, los campesinos y los soldados. "We don't want freedom, nos decía, we want peace" y nos aseguraba que él y cualquier otro chino cumplirían los mandatos de la gran estrella amarilla de su bandera. Su convicción es increíble. Pero es más increible todavía pensar que el fervor de Maji sea un asunto generalizado. Yo todavia no lo creo. Y sin embargo. Sin embargo todo.
Estoy en un Beijing falso. Aunque para mi, que apenas me deslizo sobre sus gestos, sea una Beijing absoluta y contundente. Los que sí saben dicen que nada es como se ve ahora. Que hay una superficie impuesta a lo más usual, que poco ocurre con la corriente regular. Es el gobierno y son los Juegos Olímpicos - dicen -, esa especie de trampolín definitivo al que se obliga este País del Centro para "abrirse" a la globalización... Pero los que sí saben dicen que bajo la reprensetación de su occidentalización hay ensimismamiento, retramiento. Algunos hacen cara de angustia cuando uno pregunta qué creen que pasará después de los juegos, y uno detrás de esa cara supone un derrumbe cultural enorme, como todo aquí, en donde las escalas y los sistemas métricos recuerdan algún Goliat.
Cuando le cuento a Maji que el escudo de Colombia tiene un listón que dice "libertad y orden" se ríe, y yo también. Y pienso que empezamos a entendernos.