domingo 22 de noviembre de 2009

pensando en Aura...

Stand with your lover on the ending earth -

and while a (huge which by which huger than
huge) whoing sea leaps
to greenly hurl snow

suppose we could not LOVE, dear;
imagine

ourselves like living neither nor dead these
(or many thousand hearts which don't and dream
or many million minds which sleep and move)
blind sands, at
pitiless the mercy of

time time time time time

- how fortunate are you and i, whose home
is
timelessness: we who have wandered down
from fragrant mountains of eternal now

to frolic in such mysteries as birth
and
death a day (or maybe even less)

- e. e. cummings


viernes 31 de julio de 2009

lo digo pasito...

Querido diario:

Quería escribir una columna en el mejor estilo de la globalización, al modo de las multinacionales. Una columna supra-nacional, pero pensada en lo supra-genérico o en lo transgenérico. (En el mundo en que vivimos yo suponía que esas palabras se podían escribir sin petulancia, así silvestremente, y que aguantaban para una columna tranquila, pero ahora no estoy segura). Quería decir que no hay literatura gay, ni femenina, ni judía, ni de negros, ni de enanos, ni de exiliados, ni de marginados, sino que más bien hay formas de lo sensible (estéticas, como diría uno de mis profesores) que saben hablar sobre las cojeras del mundo, sobre sus paradojas y sobre sus pérdidas. Pero no pude. Cada renglón salía confuso y mi odio por las palabras políticamente correctas y mi gusto por las palabras sin más, como marica, negro, o “los hombres” usado como sinónimo de la humanidad, me hacía preguntarme si los que leyeran la columnita pensarían que tengo una dislexia racista, homofóbica, machista, antisemita, antipigmea, antidiaspórica y centralista, eurocéntrica, ególatra. Me dio mucho miedo. Pero igual, ahí se fue.

http://www.blog.com.co/noticias-actualidad/no-literatura-gay/838.aspx


miércoles 17 de junio de 2009

16 de junio, pero 17. BLOOMSDAY. work in progress

Bloomsday, el 16, pero el 17 (por falla de última hora del servidor de internerd)

Es un día de altiplano cundiboyacense en la capital colombiana. Eso significa que el despertador suena a las 6 y que los esfuerzos por omitirlo terminan a las 6:10, cuando el perro exige salir so pena de hacer un desastre. Últimamente mis costumbres se han ido relajando lo suficiente para hacer esperar al perro, que sufre con sus ojos de necesito salir ya, y yo lo miro impasible en su educada agonía durante el minuto y medio que se demora mi viejo microondas en calentar una taza de café hecho ayer. Salgo a la calle con la taza en la mano y el enorme pastor peludo suelto, y confío en que a esa hora no haya en mi cuadra alguna señora activista y jubilada de las que llaman a la policía y hacen juntas de vecinos porque el animal ese, porque ya no hay respeto. Nadie lo controla, esa es la verdad, y ahora que por fin alza la pata tiene suficiente fuerza para arrastrarme si llego a pensar en ponerle una correa, así que prefiero abrir la puerta a su energía de fenómeno meteorológico, antes de caer en el forcejeo de que sea él quien me saque de paseo a mi. Esa es la hora macabra de la sudadera y el perro descontrolado en mi cuadra gay y superstilish de ventanas bonitas y tiendas alternativas, sensibles, casi sin nombre, a las que se llega por un profundo conocimiento de las tendencias del mercado de zapatos, o por Internet, gracias a la recomendación de algún amigo favorecido por los dioses en el tema de lo chic. Le freak c’est chic. Así pasa la mañana embrumada, una hora de interiores para todos los que no están gritando en la calle, tratando de que el perro no se aleje demasiado. Mis vecinos deben estar terminando sus meditaciones y su yoga, y buscarán zanahorias y apio para comenzarlo todo bien, en versión extracto Jack LaLanne y música india. Yo me acuerdo de cuando hace ya años Julio se partió la rodilla, “lesión de futbolista” decía el médico que miraba las radiografías de su ligamento anterior cruzado, que no solo se descruzó en una inversión dolorosa, sino que logró pulverizarse. En esos días nosotros estábamos medio instalándonos en las montañas de este barrio en el que se produce y distribuye todo el frío bogotano, y no teníamos perro. Después de la cirugía Julio parecía una momia adolorida con la pierna vendada entera y unas pastillitas primas de la morfina que se tomaba cada ocho horas. No podía leer, no podía casi levantarse. Entonces decidimos asegurar la sanidad mental de la familia dejando de lado los canales nacionales de la tele, que entraban verdosos e interferidos por falta de antena (lo más surrealista de mi vida fue haber seguido Pasión de gavilanes en versión de galán psicodélico latinoamericano), y entramos en el mundo de la televisión por cable (más el Xbox, más el dvd). Así llegó a nuestras mañanas el telemárketing. Yo me vestía y veía a Julio perderse de canal en canal entre aparatos para lograr abdominales de acero, cremas adelgazantes, aspiradoras capaces de desaparecerle a la gente hasta los mugres en la conciencia. El zapeaba. Zap. Zap. Y yo me miraba la barriga pensando hasta cuando mi autoestima sería capaz de evitar llamar al 1800 whatever en el que se conseguía el magic abs. No duré un mes antes de estarme partiendo el pulgar del pie contra la pata del aparato, eso sí, portátil. liviano, fantástico, que ahora dormía acurrucado debajo de mi cama, mientras yo me paraba a trabajar para ver cómo pagaba la tarjeta de crédito. OHHHH freak out!

Me gusta entrar a mi casa de vuelta con Hector, que ya viene tranquilo, bate la cola y busca su palo enterrado en el sofá. Es la hora en la que prendo el computador y lo dejo abandonado, mientras se restituye y se ajusta. Es la hora en que ya soy capaz de hacer café fresco, de prender la grabadora del baño, de pensar en cómo va a ser el día. Es la hora de mi venganza deliciosa, en la que veo pasar los carros apurados que salen de los garajes de los vecinos con destino a las oficinas del mundo. Yo, mientras, husmeo el periódico de los vecinos, saco la ropa y hago un poco de ruido para que Julio se vaya despertando. El día ha logrado su color de resaca, un blanco brillante y frío que acentúa la materia gris: el pavimento, los edificios, el smoke. Eso indica que son cerca de las 7:00, la hora de los escándalos en las emisoras, de las estadísticas, del país tropical. Hoy con 66 grados Fahrenheit que yo no sé convertir a Celsius, pero que hablan claramente de que no habrá mucho sol, y de que tal vez sea mejor cargar con el paraguas.

7:00 pm. De cualquier manera, como ocurre con todas las predicciones colombianas, el paraguas fue un estorbo todo el día, porque no llovió, y porque en nuestro 16 de junio bipolar, como todos los días de la vida tuvimos curvas sospechosamente puntudas de inflexiones climáticas inesperadas y desesperantes. Vengo de la universidad, primero, en donde voy a un curso de vacaciones. Hoy fue el primer día y nuestra profesora nos introdujo a la problemática de la historia de la lectura. Hablamos de cien años de soledad, del lector errante que escribe en sánscrito y de su única lectura posible y desastrosa. Hablamos de la lectura de diarios en el Coronel no tiene quien le escriba. Hablamos de la novela María, de Isaacs y de cómo hoy en este país de desplazados se lee como otro testimonio de los paraísos perdidos. Me gusta que los paraísos naufraguen. Me gustan los naufragios. Las estructuras abandonadas que súbitamente se vuelven reliquias enormes o museos de grafittis. Hablamos de qué es leer. Yo pensaba en muchas cosas. Primero en Leonardo Da Vinci, que fue el padre de la aviación cuando el mundo descubría los aviones y que hoy es como el gurú de la nueva era, de las ciencias oscuras, de la interpretación evangélica gracias a Dan Brown. Al final me acordé de mi abuela, tan sexy, tan moralista, tan nacida en 1900. Me acordé de un día cuando ella era muy vieja. Acababan de estrenar “Todo sobre mi madre” y ella me contó que la había visto. Yo le pregunté, pensando en la monja con sida, en la monja embarazada, en el travesti fantástico capaz de hablar de los sueños femeninos, le pregunté si no le había parecido un poco fuerte. “Nooooooooo, miamor, a mi nada me impacta desde que vi llegar el hombre a la luna”. Jajaja. Eso dijo y Almodóvar era un pendejo. Ese fue uno de los días más felices de mi vida. Más tarde la clase de yoga. Mis vecinos me envidiarían si supieran. Oscar, el profesor, es un hombre mayor que fue bailarín clásico muchos años y luego bailarín moderno. Tiene cada músculo en su sitio y un título de quiropráctico que a mi me alivia las vértebras completas los martes por la tarde. Se fuma un cigarrillo antes de la clase, y dice que esto es yoga urbano, nada de drama, aquí nadie se ilumina mientras estiramos las piernas y oímos un jazz delicioso. Ahora que voy cerrando el día pienso en mi paraguas deprimido. Tal vez mañana pueda abrirse para mirar el cielo. Tengo una caja de pizza caliente y recién llegada y oigo la musiquita de los Simpson en la tele al lado. Una excusa inmejorable para buscar el punto final.

Work in progress.

sábado 8 de noviembre de 2008

...

Vivo en un país
Que es casi un país
no tiene nombre.

Aquí también otros
Han vivido
Como Clemente, Arturo, Luis
Venidos de España – o eso dicen sus hijos -

Yo vivo en este país de cuatro ruedas
De cinco siglos
De dos mares

Pero solo voy al mar una vez al año
Cuando se puede

El mar

Trajo a otros que venían de otras costas
Pero ellos no tienen nombre – no conozco a sus hijos -
Coloridos, anónimos
Y otros
Como los de mi familia
Descoloridos e insulsos y tan cargados de apellidos
Que apenas pueden desembarcar su equipaje

Yo vivo en un país que se extraña
Y se busca
Y no se reconoce

Mejor
Así casi sabemos de Arturo
De los descoloridos
De los insulsos

Que viven aquí
Mientras se puede.

Un día nos tragarán los dos mares.

jueves 16 de octubre de 2008

Cummings salva patria. Uno que repite...



Estoy en el Palacio de Verano, en Beijing. Cuando recuerdo este lugar pienso en palabras como soberbia y belleza. En palabras como singularidad e imitación.

Esta es una cultura repetitiva – pero, ¿qué no lo es en este redondo billar?-, y también esta es una cultura particular y original, pero eso es menos evidente ahora. Hace falta respirar mejor, entenderse más con los ritmos milenarios del subsuelo chino para verlos emerger hoy en medio de la velocidad con que se replica cada cosa, segundo a segundo, a velocidad industrial.

El Palacio de Verano, que era la finquita de descanso de los Qing, quedaba lejos de la Ciudad Imperial, y se suponía que era un lugar más fresco. Hoy es parte de Beijing y se llega fácil – obviando los codazos del tráfico -. Pasó, como con muchas estructuras imperiales, de un emperador al siguiente y así fueron construyendo su veraneadero. Como en muchos otros lugares, este es un sitio enorme, y gira alrededor de un lago artificial, el Lago de Kunming, construido para imitar – a escala – un lago natural del sur de China.

Repetir. En chino. En China. Hay que repetir.

A este viaje me trajeron los caracteres. Esos palitos organizados y despelucados - dizque significaban cosas… -. Desde el Palacio de Verano hasta la llegada a Tianjin entendí que el tema de la copia iba a ser un sello en mi imperio personal sobre la mirada. Tianjin fue una plana constante y trajo lo que yo ya suponía: alguna sensación sobre lo importante que hay bajo la aparente inutilidad de hacer lo mismo una y otra vez. En español decimos “practicar”. Pero aquí no se practica. Estudiar chino no tiene práctica alguna posible – no ahora, al menos -, tiene entrega, minutos de vida que se van detrás de los caracteres, caracteres, caracteres, caracteres que se escriben mil veces, - o cuarenta y ocho veces, que parecen mil -.
En español si uno repite muchas veces una palabra pierde su sentido. Parece un sonido venido de la China. Si uno repite muchas veces su canción favorita acaba por desfavoritizarla. Si le repiten las poses y las palabras de amor, uno se hostiga. Si le repiten el menú, uno se desenamora. Pero los chinos no llevan repitiendo por milenios porque sí. Comprenden su rosario de estatuas “a escala” o “en tamaño natural” de otra manera. Entienden sus letanías de trazos con una conciencia diferente. Pero también parece que casi no se preocupan mucho por “entender”, porque hay un automatismo silvestre en su forma de ser y de vérselas con el mundo, una disciplina de la imitación que en el español de Colombia se piensa en muchas variantes: son copistas y perfeccionistas, son repetidores y copietas, son inventores de calcos y también falsificadores. ¿Pero qué no es una copia y qué no es una falsificación en este globo azul superpoblado…?

Tianjin queda a 140 kilómetros de un tráfico lento desde Beijing. En el camino la ventana del bus extiende colecciones de grúas y bulldozers y máquinas enormes con las que se mantienen y restauran las construcciones antiguas, o con las que se inventa una superficie que no admite el vacío, ni el horizonte, hasta que se sale de la ciudad. Entonces la Gran Muralla se va dejando ver, por fragmentos, y es muy emocionante pensar que en algún momento uno se va a encontrar de cerca con semejante icono, esa diva terrestre, maravilla de la humanidad, que se percibe aún habitada por lo que representa en la historia escolar que uno trae adentro: La enormidad, la grandeza dinástica, la tiranía antigua en cada piedra que usurpó una vida, en todas las piedras que devoraron generaciones, las centurias de pánico de los chinos por ser invadidos. Protección. Defensa. Ingeniería del miedo.

En la entrada al punto turístico en el que uno pisa la Gran Muralla y le entrega al policía la boleta se vuelve a sentir la liviandad del sueño y otra vez anda uno en un tiempo y un espacio en los que cree con una fe extraña. Los escalones y las paredes, las bóvedas y las garitas están restauradas y son de un gris nuevo, puesto ayer, como los letreros con que se promociona el camello desnutrido y disfrazado para que los turistas se tomen fotos, los puestos de souvenirs en los que compramos nuestras gorras verdes de militar comunista – que acabaremos usando de las formas más extraordinarias con la camiseta de Jorge E. Gaitán, la de Dysney… -, las firmas de los próceres chinos, y las advertencias para no usar el teléfono móvil en caso de tormenta.

Mientras uno sube sacando la lengua en medio del calor blanco que lo rodea, unos altoparlantes “amenizan” (odio esa palabra) el trayecto con música tradicional china de organeta, y ahí tiene uno más o menos la bienvenida a entender cómo lo más real de la China parece falso. Más adelante, en los mercados de marcas famosas en que se puede regatear, uno entiende cómo lo más falso en China parece lo más real. Y en la mitad de todo está la felicidad. Tan falsa y fingida como la conocemos. Y tan de verdad.

“Good man’s sign”, dice un letrero con una flecha. Yo le tomo una foto y evito bajar los escalones a los que me invita. Me gusta la superficie con sus indicaciones y el cheenglish que hablamos todos. Y no me gusta pensar en la felicidad, sino en el deseo. Pero pienso en ella y me acuerdo de Tianjin, a donde llegamos después de ver la Muralla, allá a lo lejos, vestida del color de los milenios que no se dejan ver.

Tianjin también es una ciudadsota. Entre todas las posibilidades, nosotros agotamos primero los lugares del Lonely Planet e hicimos existir las bicicletas, las discotecas y un bar para extranjeros que se llama “Ali Baba”. Ahí estuvimos. Diecinueve ladrones jugando futbolín y tomando cervezas entre un Occidente feliz de códigos conocidos, lleno de brasileros, de gringos mormones y cristianos en su mejor expresión – que, obviamente, es ser porristas – de canadienses tibios y borrachos. Ali Baba es el lugar más decadente y más feliz del mundo, y además, tiene wifi. Nuestra conexión a la casa.

La bandera de Colombia que colgaba del techo en este lugar y un par de letreros entre los miles que exhibían las paredes en todos los idiomas aseguraron la huella de nuestros compatriotas en la China.

En una pared: “Juan Camilo la pasó muy bueno en Tianjin!”
En otra: “A papaya given, papaya DEVORATED!”

Ah, nuestros precursores conquistando el mundo.

Y nosotros ahí. Tratando de agarrarnos del mundo.

Una noche esa bandera – que sabe no significar nada – nos vio agitados. Estábamos cerca del 4 de julio. Era 2, o 3 y nosotros veíamos los videos de nuestros periódicos con Ingrid Betancourt desamarrada, rodeada de reporteros, de militares. El brebaje saladito de lágrimas y emoción tenía un patetismo sincero y a nosotros a la distancia nos conmovía fuerte. Es difícil ser crítico en esas horas. No había muertos, decía la prensa. Y era un sueño. Los gringos gritaban algo sobre su día de independencia y celebraban. A nosotros nos habría gustado explicar algo. Algo sobre esa noticia y sobre lo incierta que resultaba. Ahí, nosotros, con esa colombianidad que nunca sabe si de verdad puede celebrar algo. Nosotros repitiendo. Aquí, ahora.

Es casi tarde cuando uno se entera de lo poderoso que resulta que cada repetición sea nueva. Yo miro mis planas y pienso en eso. Y también en mis amigos, en mi casa. Repito las estrofas que me gustan cuando no sé que hacer con la realidad:
stand with your lover on the ending earth-

and while a (huge which by which huger than huge) whoing sea leaps to greenly hurl snow

suppose we could not love, dear; imagine

ourselves like living neither nor dead these (or many thousand hearts which don't and dream or many million minds which sleep and move) blind sands, at pitiless the mercy of

time time time time time

-how fortunate are you and i,whose home is timelessness: we who have wandered down from fragrant mountains of eternal now

to frolic in such mysteries as birth and death a day (or maybe even less)

domingo 27 de julio de 2008

Relación de las cosas del mundo

Maji nació en Mongolia Interior. Su nombre significa "caballo volador". Maji estudia ruso, pero trabaja también como guía turístico porque sabe hablar inglés. La disciplina de Maji parece lejana a su dulzura y a su aparente ingenuidad. Es un chino han. Amarillo, de pelo puntudo y negro y de un tamaño que nos obliga a buscar la bandera de China que lleva, porque se nos pierde entre los demás chinos, apenas un poco más altos que él, pero tantos, y entre los turistas.

Maji programa nuestros días casi maternalmente. Mira el tiempo en su teléfono celular y dirige nuestros itinerarios contando cabezas, verificando que no se le pierda nadie. Entre los tumultos que atravezamos Maji pelea silencioso con nuestra indisciplina, y aprende a disfrutar el caos que traemos puesto de nacimiento.


El mundo está compuesto por cinco elementos:


Oro

Agua

Fuego

Madera

y Tierra.


Las nubes y el suelo y las dinastías imperiales respetaron por milenios esta división elemental. El color del oro es el amarillo. Por eso los techos del palacio y de los templos en la Ciudad Prohibida son amarillos. Por eso sólo el emperador podía usar ropa de este color. El mundo estuvo compuesto por cinco elementos. Contrarios, complementarios. Capaces de hablar sobre el orden, la disposición adecuada de cada cosa en el cosmos.

Caminamos con Maji por la Ciudad Imperial pensando - inevitablemente - en el set cinematográfico. Tan distinto en las imágenes de "El último emperador" de esos tapetes roídos y esos budas polvorientos con que nos encontrábamos ahora, abandonados de cualquier devoción y devorados por su rol de capricho turístico. Todo tuvo su orden de metrónomo. Oro, fuego, agua. Y es curioso, y de cierta forma natural, que la nostalgia por ese orden aparece aquí, en parte, gracias al cine, gracias a fotolitos afortunados que nos traen la fachada soñada de un universo completo, impuesto, tal como cierto día lo erigieron los dioses, tal como lo dispuso el emperador de cada dinastía, así, porque así es. Un mundo que imaginamos sin interrogaciones, sin titubeos. Algo queda - mucho, tal vez - en los muros que se extienden bajo el dedo de Maji que señala y explica. Algo de esa sensación temerosa y tranquila del orden establecido e impuesto, algo de esa sensación al tiempo vertiginosa y apacible.

Beijing tiene cerca de 16 millones de habitantes. Eso, según el Lonely Planet, que no podría nunca estar actualizado sobre China porque la China cambia significativamente todo el tiempo. Pero si fueran 16 millones, se trata de una cantidad que uno no sabe calcular. Uno no sabe qué significa ese gentío en ninguna medida. Ni en tiempo, ni en espacio, ni en el ritmo con que la ciudad funciona.

Mi imaginación se encontró muy bien con las estructuras con que se soporta semejante población. Tienen sentido los megaestadios, las avenidas en los barrios, los pisos 48, 72, 26. Tiene sentido el tamaño de la plaza de Tian'an Men. Tienen sentido la contaminación y el desenfado generalizado de las costumbres. También en este gentío tienen sentido ciertas esquinas del comunismo. Especialmente una, prima de la falta de propiedad privada, que se siente en la falta de privacidad, al menos en los espacios públicos: las puertas abiertas de las letrinas, en donde las mujeres hacen mil cosas y charlan al tiempo, la gente que fuma en los mercados, el caos del tráfico con sus bicicletas suicidas.

Lo que no parece encajar es, precisamente, la noción del orden, de la gobernabilidad, que funciona, claro, pero de alguna manera misteriosa y quizá oscura. En este lugar manda el Partido; y lo que el Partido decide se hace. Eso es lo que dice Maji, que es capaz de fumar en un hospital, pero que no entiende por qué no lo seguimos ordenadamente en nuestras visitas. Cuando fuimos con él a la plaza de Tian'an Men tuvimos tiempo para observar más de cerca sus opiniones sobre nosotros, y para hacerle las preguntas del recién desempacado. Maji se reía y nos hablaba de cómo no entendía nuestra falta de orden y lo voluntariosos que eramos. (Valga agregar que lidiaba con un grupo de 20 - personas, o colombianos, para el caso...- y mientras explicaba no se qué sobre no se cuál emperador, cada uno se las veía con su propia urgencia de sacar una foto, hacer un comentario, ir a ver eso tan raro que está allá). Pobre Maji. Luego nos explicó que en la bandera china la estrella grande es el Partido, y las cuatro estrellas menores son los obreros, los negociantes, los campesinos y los soldados. "We don't want freedom, nos decía, we want peace" y nos aseguraba que él y cualquier otro chino cumplirían los mandatos de la gran estrella amarilla de su bandera. Su convicción es increíble. Pero es más increible todavía pensar que el fervor de Maji sea un asunto generalizado. Yo todavia no lo creo. Y sin embargo. Sin embargo todo.

Estoy en un Beijing falso. Aunque para mi, que apenas me deslizo sobre sus gestos, sea una Beijing absoluta y contundente. Los que sí saben dicen que nada es como se ve ahora. Que hay una superficie impuesta a lo más usual, que poco ocurre con la corriente regular. Es el gobierno y son los Juegos Olímpicos - dicen -, esa especie de trampolín definitivo al que se obliga este País del Centro para "abrirse" a la globalización... Pero los que sí saben dicen que bajo la reprensetación de su occidentalización hay ensimismamiento, retramiento. Algunos hacen cara de angustia cuando uno pregunta qué creen que pasará después de los juegos, y uno detrás de esa cara supone un derrumbe cultural enorme, como todo aquí, en donde las escalas y los sistemas métricos recuerdan algún Goliat.

Cuando le cuento a Maji que el escudo de Colombia tiene un listón que dice "libertad y orden" se ríe, y yo también. Y pienso que empezamos a entendernos.


Beijing: formas del mareo

Pasaron.
Horas de azafata.
Vías férreas.
Milenios desencontrados de lugares familiares y también remotos.
Y ahora.


Carefully slippery

A ver si por fin puedo escribir algo ordenado y articular un poco todo. Uno va por la superficie de las cosas, por los contornos de este universo. Uno tantea, supone mil cosas, se pregunta mil más. Los primeros días estar en Beijing daba la sensación de los sueños. Todo funcionaba con una lógica fluída, pero al tiempo parecía inmaterial, imaginado. Es dificil encontrar una forma elocuente para abordar la China - este paso por la China -, o para saber cómo es uno engullido por ella - por su paso en los sentidos, en la inteligencia, en las articulaciones -. Yo no he sabido todavía cómo entenderme con mis intuiciones y he estado ahí, dejando que las cosas me atraviecen. Al principio no quería pensar mucho, porque tenía la sensación de que cada idea era un escudo, una forma condicionada de negar el exterior, tan distinto a todo, tan sorprendente. Tampoco quería escribir, porque tenía muchas emociones y estaban todas superpuestas y me parecía que ese sancocho emotivo sólo iba a dejarme unas palabras confusas y pegajosas. Unas palabras que se iban a quedar delante mío todo el viaje y que no me iban a dejar ver mejor, menos prejuiciosamente todo.

Ahora que ya está la cosa más aterrizada y que no tengo casi apuntes, sino un millón de fotos y muchos recuerdos rápidos estoy en un lugar menos bonito para armar algo. Pero me siento mejor. Creo que de alguna forma este desprendimiento medio obligado de los códigos usuales me va a dejar una perspectiva diferente, aunque muchos eventos se habrán ganado su amnesia, seguro.

Entonces va:

De Beijing tengo el cielo. El cielo primero, de entrada. Blanco, blanquísimo, con una luz incómoda, abrupta, constante. Ese mismo cielo era también el aire. Un volumen caliente y difuso que se robaba los bordes de las construcciones, la nitidez soñada en un lugar de este tamaño. Todo el tiempo en Beijing yo quería ver bien de lejos, pero la ciudad impone su miopía contaminada. Ese estado del aire trae unas sorpresas maravillosas, porque a la vuelta de cualquier esquina, cuando uno andaba mirándose los zapatos, aparecía de golpe la fachada de un templo, o de un edificio inmenso, apenas imaginado unas calles antes. Y cuando aparecían esos portentos de tiempo o de concreto, se paraban sobre un suelo milenario. Aparecían como aparecería un mamut. Algo así. El verano al rededor desenrolla unos días largos, como tapetes calientes que cada día se hacen más y más largos. Pero en el cielo de Beijing lo extenso de la luz es una prolongación. No hay atardecer - tampoco amanece -. Solo se enciende o se apaga el día y eso es casi súbito, apenas con el paso de una escala de azules, idénticos, hasta que todo está oscuro y no se ve ni una estrella.

Los dos o tras primeros días esa luz y esa especie de neblina polvorienta eran difíciles. Uno supone. Uno supone primero que la sensación pesada con que está recorriendo y observando todo se debe al clima. Uno supone que es la falta de costumbre a la contaminación. Uno supone que tal vez sea por estar medio cerca al desierto de Gobi que cada cosa tiene su arenita minúscula y húmeda. Entonces uno entra a los lugares importantes, en donde la humanidad tiene enraizada la historia y se imagina que la inconformidad que siente en el cuerpo – que debería estar bien, como siempre, despierto y a gusto – es parte del desfase horario. Claro. Se dice uno. No es que yo no pueda ver y caminar feliz por estas plazas, estar bien frente a estos monumentos. No es que yo no piense con claridad. Es que tengo un enorme desfase horario. No es intolerancia a la contaminación, ni inadaptabilidad crónica al clima, son las horas de avión, los meridianos rebasados. Pero cuando esos dos o tres días pasan y el cuerpo se va engranando con el exterior hay algún momento en que uno descubre que no sólo se trata de desfase horario. Cuando se respira con más soltura y las incomodidades anteriores se silencian uno entiende que está desfasado. Completa, absoluta e irremediablemente desfasado. Desencajado. Tangencial. Las células, las glándulas, la circulación, la respiración, la piel, todo se flexibiliza, pero se sabe al tiempo que se está teniendo una existencia abrupta. Paralela.

De ahí en adelante la vida en China ha sido el vaivén de las intuiciones que apuntan a una cosa y se devuelven indecisas y cuestionadas. Uno empieza a alinearse con su propia incredulidad. Los lugares contundentes y cotidianos en que la mente está tranquila se hacen sospechosos la mayor parte del tiempo. Pero es lo más honesto, saberse inseguro. Estar dudoso. No creer en ninguna revelación, no tener conclusiones acertadas. Hay un desapego discursivo. Una lógica liviana y veleidosa que asegura aquí y más tarde pregunta otra vez.

Ese mareo intuitivo, que es divertido más que otra cosa, encuentra unos recreos en los sitios famosos. Obviamente los textos de las guías turísticas y el bombardeo informativo de lugares comunes con que uno ha vivido emergen en la plaza de Tian'an Men, en la Ciudad Prohibida, en el Palacio de Verano... incluso en la Ópera de Beijing.

Es cómodo pensar en las películas que uno ya vio, en los artículos National Geographic, y perseguir al chino que dirige el tour y que pone esa misma información en orden. Uno va con su camarita, toma la foto de los edificios, del monumento gigante, logra algún acercamiento a un tejado, a una columna rara, a algún dragón dibujado en los techos restaurados. A veces, cuando aparecen los datos que quieren ser nuevos tiene uno su libretica en la mano y toma nota de ellos, para que esta vez si se graben, para que ya nunca más se me olvide. Y se descansa. Muchas de esas visitas logran que uno se pare con los demás para la foto grupal, y que pida que le tomen una solo para mandar a la casa y decir “ahí estuve”. Entonces hay una enorme liviandad y se camina sobre el tapete imperial como por una especie de Unicentro conocido, pero nuevo.

Cuando el guía se va, el tiempo libre en esos espacios, en cambio, obliga a guardar la cámara – y a sacarla otra vez -, a guardar la libreta – y a volverla a sacar -. Uno quiere tener las manos sueltas, tocar esas superficies, pero también quiere anotar, fotografiar. Hay una necesidad constante de fijar algo, pero ese ejercicio imposibilita fijarse en las cosas. Y uno anda en esas. Tratando de mantener en pie la integridad de los sentidos, y multiplicándolos, dividiéndolos, uno quiere prolongarse hacia ellos y retraerse. Uno quiere. Uno quiere todo. Más tiempo, especialmente. Ahí es cuando se entiende mejor el gusto generalizado por pensar en otras vidas, futuras y concientes, con que contrarrestar el proceso diario de contacto con el aire y el óxido que va dejándole a la piel… Ahí empieza uno a entender que ese sueño de la China ocurre y que ocurre justo cuando uno no sabe cómo tener libres las manos. Uno despierta a China embolatado. La maleta pesa más de lo que debería y uno se entera de cuál va a ser su primera decisión: dejar tiradas algunas cosas, alivianarse. Desenfundarse. Yo ya perdí la cuenta de lo que he dejado botado, pero voy sintiendo como cada vez me pesa menos la maleta.